Afortunadamente hoy las cosas ya no son como eran, en ese sentido.

Cuando nació mi hermana, a principios de los años sesenta, las cosas aquí, en esta provincia de ultramar, no estaban muy avanzadas precisamente.

La niña nació débil, con trisomía, cardiopatía y problemas gástricos. Según me cuentan, la bautizaron in extremis en el lavamanos de la habitación de clínica para que no se fuera al limbo aquel mismo día.
Todos los médicos la desahuciaron, todos menos uno: el doctor Luis Romero, que se volcó en atenciones, en comprensión y en ternura. Sin él, María no estaría hoy viva. Pero, frente a la desesperación de mi madre, Luis Romero puso la esperanza y lucharon, sé que lucharon denodadamente, hasta que se produjo el milagro de la supervivencia de aquella criatura delgadita y pálida que se escurría por los barrotes de la cuna, que tenía que dormir incorporada, que estuvo intubada, que utilizó unas botas ortopédicas, con barras de metal que le llegaban por debajo de la rodilla, para que no se doblaran sus frágiles piernas, que tenía falta de vista y tartamudeaba cuando empezó a hablar.

Aquella era mi hermana: la hermana que yo tanto había deseado tener, pues no me gustaba ser hija única.

Una vez que su vida dejó de correr peligro, mi madre se propuso educarla como una niña «normal», exigiéndole todo lo que ella podía dar de sí .

Con el paso del tiempo, mi hermana fue al colegio. Y con el paso del tiempo se terminó su edad escolar y comenzaron las clases particulares. Aprendió a leer, aunque no a escribir.

Vio pasar generaciones de primos por su lado; primos que iban creciendo y distanciándose por el curso natural de la vida. Primos que terminaban carreras, se casaban y tenían hijos, mientras que María seguía viviendo con mis padres, oyendo música y viendo su adorada televisión. . La televisión ha sido para ella una inagotable fuente de entretenimiento y de adquisición de conocimientos.
Insensiblemente, María se convirtió en el centro de mi casa: cada pequeño progreso, cada nueva gracias, eran relatados con enorme entusiasmo por mi padre, que siempre decía que su hija menor era un angelito.

Nadie me explicó con claridad lo que le sucedía a mi hermana. Una vez en la calle, una mujer indiscreta me preguntó si mi hermana era mongólica, y yo le contesté que no, que mi hermana no era china, que era española. Al llegar a casa comenté la anécdota y pregunté qué tenía mi hermana de especial: nada, un poco de raquitismo, fue la respuesta.

Supongo que de forma natural fui comprendiendo poco a poco lo que pasaba. Desde luego, lo que sí comprendo hoy es que mi madre no me desatendió, sino que tuvo que volcarse en ella para su supervivencia.

La vida de mis padres giraba en torno a ella. Le entregaron su vida y sus desvelos. Mi padre, sentado en su sillón leyendo la prensa u oyendo la radio; mi madre, en el sofá, junto a María, leyendo sus libros. Y María, junto a ellos, hablando con ellos o hablando sola. Desayunando, almorzando y cenando siempre juntos, yendo a misa juntos, a comer fuera juntos, a la casa de mi prima Saro los domingos, juntos...

Y yo fui también creciendo, mientras se entretejían entre mi hermana y yo unos lazos indisolubles, con nuestros juegos, con nuestras canciones, con nuestras cosas, a pesar de que yo no me ocupaba mucho de ella por aquel entonces.

Yo me dediqué a vivir mi vida: la universidad, la emancipación, el primer trabajo…

Los años siguieron pasando y mis padres se hicieron ancianos. Y ahí seguía María José, con toda su ternura, con toda su alegría. Ya no podía distinguirse quién acompañaba a quién; quién se ocupaba de quién..

María se acercaba por detrás al sillón de mi padre, y le acariciaba el pelo blanco, le acercaba las zapatillas o le alcanzaba las gafas. Y con mi madre era muy dulce, muy tierna, enormemente afectuosa.

Entre los tres formaron un círculo de amor que se retroalimentaba, que siempre estaba presente, y que para mí se ha convertido en la fuente de la que hoy bebo y en cuyas aguas me miro.

Mis relaciones con mis padres fueron conflictivas por razones obvias, entre otras porque yo era mucho más joven que ellos y porque les di bastantes disgustos, muchos de ellos propios de la irreflexión y el egoísmo, y otros inevitables por el choque generacional.

Pero llegó un día en que todo se disipó. Mis padres, ahora ancianos, necesitaban de mí, y yo de ellos, y me mudé a vivir a su casa.