Por Fabiana Sevilla

Cuando me pidieron que escribiera sobre integración se me ocurrieron muchas cosas desde lo teórico, pero decidí escribir mi experiencia personal.
Esta se remonta a muchos años atrás, cuando era pequeña. Con mi hermano Daniel conocimos, en el club, a mi amiga Cecilia y su hermano Roberto, donde pasábamos nuestros veranos. Jugábamos todos juntos en la pileta, al tenis en el frontón, al básket, por lo menos eso era lo que creíamos, es decir solo tocábamos la pelota y con suerte la embocábamos.
Además nuestros padres eran amigos, así que también compartíamos asados en las noches, jugando a la escondida y la mancha (ese juego donde se tocan y el otro pasa a correr al resto), el que perdía le tocaba hacer algo divertido como prenda.
En el invierno nos visitábamos en nuestras casas y también compartíamos la vuelta del colegio en el auto, donde nuestras madres se turnaban para ir a buscarnos.
Ustedes se preguntarán que tiene todo esto de raro y porque se los estoy contando, y es porque Roberto tiene síndrome de Down, para todos nosotros un detalle, porque él compartía con nosotros todas las actividades, se reía como nosotros, le gustaba jugar a los mismos juegos que nosotros, es decir era uno más, la única diferencia que en ese entonces iba a una escuela diferente a la nuestra, en aquel entonces la integración no era posible. La explicación era que Roberto era más lento y necesitaba más tiempo para aprender.
Después la vida nos encaminó en diferentes actividades, hoy todos tenemos nuestras vidas propias, con nuestros trabajos y digo todos donde obviamente también está incluido Roberto. Roberto hoy trabaja en la imprenta de la universidad, participa de un gimnasio como preparador físico, tiene su grupo de amigos, cuida a sus sobrinas como cualquier tío, es decir, desarrolla su vida como cualquiera de nosotros. Realmente es un verdadero ejemplo, pero no sólo él sino también su familia, ya que en aquella época tuvieron que derribar muchos mitos, puertas, ventanas, muros para que los diferentes contextos le dieran una oportunidad, un lugar en esta sociedad para que pudiera llegar a ser lo que es hoy, un hombre. Detrás de Roberto hay una familia que nunca dudó de sus capacidades y de sus potencialidades, sino todo lo contrario hay una familia que estuvo segura que Roberto iba a poder ser un hombre que eligiera su futuro y así fue.
La vida me volvió a dar otra oportunidad, conocer a Elisa, aún me acuerdo de las palabras de Norma, su mamá, mi hija pequeña tiene un problemita, tiene Síndrome de Down, me acuerdo el silencio que llenó la sala después de la confesión de la madre, y mi respuesta, AHHH!!! No importa, no es problema.
Con el tiempo Elisa, se fue metiendo, de a poco, en mi vida, en mi carrera, en mi nuevo desafío. Con ella había encontrado mi futuro, realmente ahora sabía lo que quería ser y hacer: sabía que quería dedicarme a las personas con Síndrome de Down. Norma me enseñó las primeras herramientas para poder jugar con Elisa, la integración, el inicio de la lucha.
Luego llegó a mi vida Miguel López Melero, el que me dio más herramientas y la forma de ver y contribuir al futuro de cada uno de los niños y niñas, la integración y la posibilidad de poder compartir y ayudar a las familias y profesores.
Como fonoaudióloga, descubrí las verdaderas capacidades y habilidades de estas personas, luchar por que las consideren como tal, darles las oportunidades y lo que ellos me van enseñando cada día, lo que son capaces de aprender y sobre todo el placer que me implica estar con ellos, placer que siento con cualquier niño/a.
Es un trabajo arduo, difícil, desafiante, pero no por ellos, sino por los adultos que los rodean, donde realmente hay que luchar para que crean en ellos, para que les den las oportunidades y para que realmente vean a las personas que hay en ellos.
Sí, es verdad, que tienen ritmos diferentes pero ¿quién no los tiene?¿ A quién no le cuesta aprender ciertas cosas? ¿A quién no le cuesta hacerse amigos? ¿A quién no le cuesta que le acepten lo diferente?
La integración es una ayuda para todos nosotros, porque nos pone un desafío como seres humanos, porque si realmente queremos que las personas con Síndrome de Down sean aceptadas, necesitamos cambiar nosotros, nuestra forma de ver la vida, de enfrentarla, de realmente no discriminar. Porque no sirve aceptar o no discriminar a las personas con Síndrome de Down, si frente a alguien, sordo, ciego, con parálisis cerebral, el gordito, el que usa lentes, el feo, el de otra religión, el que piensa diferente, damos vuelta la cara, porque eso no es una verdadera integración. Nuestra forma de enfrentar la vida cambia, porque cambia nuestras concepciones de vida.
Por eso creo que realmente la integración cambia la vida y cambia la vida de de los adultos y de los niños, que hoy tienen la oportunidad de esa experiencia y no sólo me refiero a las personas con síndrome de Down, sino a todas las personas que hoy tienen la posibilidad de vivirla.
Somos los adultos, las personas que tenemos que cambiar nuestra forma de ver la vida y de realmente aprender que en la diversidad está el valor. Porque el valor de todos los seres humanos está en el ser y no en lo que las personas son capaces de hacer.